Comienza donde estás Orar no requiere una voz especial ni un vocabulario perfecto. Jesús advirtió contra usar muchas palabras solamente para impresionar. Puedes comenzar diciendo lo que es cierto: “Tengo miedo”, “Estoy agradecido”, “Estoy enojado” o “No sé qué creer”.
Dios no se sorprende por tu sinceridad. Los Salmos contienen alegría, confusión, dolor, arrepentimiento y preguntas. La Biblia nos permite llevar toda nuestra vida delante de Él.
Un ritmo sencillo Prueba cuatro movimientos: reconoce quién es Dios, cuéntale lo que sucede, pide lo que necesitas y coloca el resultado en sus manos. No tienes que completar cada parte todas las veces.
Orar también incluye escuchar. Lee lentamente un pasaje breve. Pregunta qué revela acerca de Dios y qué respuesta pide de ti. El silencio no es un fracaso cuando lo ofrecemos con atención.
Cuando no salen las palabras Algunos días el dolor o el cansancio dificultan la oración. Una frase como “Jesús, ten misericordia” puede ser suficiente. También puedes pedir a un cristiano maduro que ore contigo.
El valor de la oración no se mide por lo emotivo que te sientas después. La oración forma una relación de confianza con el tiempo. Sigue regresando, aun cuando el momento parezca común.